COMO CADA DÍA

Estaba sentado como cada mañana, mirando aquel reloj colgado en la cocina, pensando que el tiempo pasa rápido y descuida las pocas ganas que tenía de levantarse de la silla para ponerse en pie y comenzar el día.
Mientras intercambiaba miradas con Olivia, la cual no paraba ni un minuto quieta, agobiada porque se tenía que marchar ya y no le daba tiempo apenas a calzarse y terminar el café.
Cada día la veía más bella, cada día se sentía más atraído por ella, era como un amanecer ante sus ojos, lo era todo. Y más aún por cuanto le demostraba cada mañana. Ella madrugaba más aún que él para prepararle el desayuno, y hacía todo lo que estaba en su mano para que el levantase lleno de cariño, con sus besos en la cama, la mejor manera de levantarse y empezar un estupendo y sorprendente día.
Todo era de color de rosa, la verdad, excepto el tiempo perdido en el trabajo, Alex pensaba en cambiarse de empresa, pero con la crisis que había actualmente en el País, el horno no estaba para bollos. Olivia tenía la suerte de tener un buen trabajo, era cirujana, en Hospital Victoria, no muy lejano a su casa. Lo único que tenía de malo eran los turnos y las guardias nocturnas que le hacían tragar constantemente por falta de personal cualificado. Pero llegar a fin de mes con un buen sueldo, nada que ver con el que ganaba Alex, era la alegría que suplía el estar tantas noches imprevistas e injustas incluso en el turno que la tocaba librar.
Alex no podía oír su móvil sonar, cada vez que la llamaban a deshoras se ponía histérico y no soportaba el que Olivia no le dejara el móvil para dar un cuelgue a quien la necesitase en su puesto para esa noche. Olivia era demasiado responsable y trabajadora para decir que no.
Mientras pensaba en lo desgraciada y penosa que le parecía su vida, Olivia terminaba de calzarse sus botas preferidas, -Lo más cómodo, para trabajar mejor cómodo que fino.- Decía cada vez que taconeaba con el bajo e insignificante tacón ruidoso.
Alex la siguió hasta el baño, era algo que siempre le había gustado hacer, acariciarla mientras ella terminaba de retocarse el pelo, agarrarla por detrás de la cintura mientras ella se contoneaba y torcía la cabeza para hacer a un lado el pelo y así dejar que él le besara su perfumado cuello.
No le gustaba la idea de que ella marchase para el trabajo, pero era necesario.
Pensaba en que tenía que hacer después mientras Olivia se marcaba el abrigo sobre sus hombros y retocaba el pañuelo tan colorido que solía llevar los días de más frio.
-.Este Febrero estaba siendo duro, mucho frio, sin nieve pero un viento horrible cargado de partículas de hielo que te dejaban más que tieso.
Cuando ya ella recogía sus cosas él la estaba contando todo lo que pretendía hacer antes de irse a trabajar, ella sonreía y a su vez repetía una y otra vez:
-.No te preocupes cariño, de eso me encargo yo cuando regrese, no tardo nada en hacerlo luego por la tarde, tu tranquilo.-
El no hacía oídos a sus palabras, quería sentirse más útil ante ella, también tenía muchas ganas por la mañana y siempre estaba dispuesto a ayudar, lo que pasaba es que al final de la semana siempre ella terminaba más liada, la comida era cosa de ella, excepto los días que a Alex le parecía hacerla o se veía con tiempo, esto solo ocurría en tardes muy aburridas en las que ella trabajaba hasta por la noche.
Cuando ella se disponía a darle el último beso hasta su vuelta, él se volcó sobre ella para abrazarla con fuerza, como si se estuvieran diciendo adiós para dos meses, y la continuó diciendo:
-.Conduce con cuidado que la gente va muy sobada a esta hora y tienes que tener mil ojos. Porque sin ti, ¿Qué haría yo sin ti?.- ella le hizo una mueca y le regaló una dulce sonrisa, para que no se olvidara en toda la mañana que le volvería a ver por la tarde.
Mientras, Alex cerraba la puerta con resentimiento, lentamente, para poder verla doblar la esquina del recibidor de su planta. Terminó cerrando después de que ella se asomara y le lanzara un beso y un “te quiero, no lo olvides” antes de subirse al ascensor.
Alex se dispuso a faenar con todo lo que quería hacer, primero echaría colcha y sábanas para atrás, abriría la ventana de par en par para hacer la cama sacudiendo bien todo su ropaje. Doblaría los pijamas de ambos a los pies, apoyados en la madera mexicana que daba a entender su cama de dosel. Apagaría la luz de la mesilla de Olivia y cerraría la puerta
detrás de él dejando la ventana abierta para que un rato quedara todo perfectamente ventilado y con un aire nuevo y limpio para el resto del día, a parte del excesivo frescor de las mañanas de Febrero. Esto le reconfortaba, le parecía desinfectar la habitación con solo abrir la ventada de par en par con aire helado.
Seguiría con la cocina, el pasillo y el salón. Barrería cada rincón que pudiera tener una miguilla o una pelusa, que con el parque era muy habitual cada día.
Por último y antes de vestirse recogería los cacharros del lavavajillas y rellenaría el mismo con los que había en la pila.
Y después de todo esto se vestiría en el cuarto de la ropa y se dispondría a repasar sus documentos para la empresa junto con un descafeinado ardiente y dulce, acompañado de una tostada repleta de queso fresco untado y mermelada de fresa ligera.
Todo esto pretendía hacerlo antes de las siete menos cinco de la mañana, justo cuando Olivia llegaba al parking del centro de salud y le llamaba para desearle de nuevo un buen día antes de entrar por el ascensor oscuro y frio del centro.
Ya eran las 06:51 y estaba casi todo terminado, le quedaba nada más que calzarse y terminar de hacer el descafeinado. Corrió por el móvil que se lo había dejado en un descuido en la habitación. Cuando entró en el cuarto, se le cerraron los ojos y le temblaron las piernas del frío que había dejado allí por olvidarse tanto tiempo la ventana abierta de su habitación. Corrió a cerrarla y se apresuró cogiendo el móvil hasta llegar de nuevo a la cocina, con los papeles bajo el brazo y el maletín enganchado en su muñeca.
Casi al soltar todos los trastos empezó a sonar el móvil, altísimo quiso pararlo como pudo.
Era ella, Olivia, para decirle de nuevo que le quería y recordarle también que tuviese mucho cuidado en la carretera. El siempre intentaba alargar la conversación pero siempre ella andaba con prisa por llegar a su puesto de trabajo.
Ya terminado todo y revisados cada uno de los papeles que presentaría en la reunión de la empresa, se dispuso en la habitación de la ropa a calzar sus zapatos negros, aquellos que tan seguro le hacían estar. Los había comprado en una zapatería en rebajas del centro, y además le habían costado a precio de ganga para el buen material que tenían y lo bien que estaban cosidos.
Entre las batas de Olivia colgadas en perchas enganchadas a las barras de hierro que sostenían las baldas del somier de la cama elevada tan original del Ikea que tenían en esa habitación, se hizo un hueco para poder sentarse en el diván colocado abajo, y calzarse sus maravillosos y cómodos zapatos. Según se agachaba para sentarse emitía un ruido de esfuerzo al estirar los músculos de su espalda y a su vez notaba un terrible pinchazo en la parte lumbar. Pero lo consiguió sin problemas.
Justo al inclinarse para calzarse su primer zapato notó algo muy extraño, un ruido estruendo en el pasillo como si retumbasen ambas paredes entre las puertas y habitaciones. Se asustó por ello y no paró en observar si había algo o alguien, si este ruido procedía de su misma casa.
Desestimó al no volverse a repetir y volvió la mirada a sus zapatos.
Mientras ataba los cordones sentían un nuevo dolor en sus cervicales, está vez fue un fuerte pinchazo que le hizo alzar un grito de angustia. De repente y sin venir a cuento la luz del cuarto empezó a perder intensidad, terminaba ya con el segundo zapato para alzar lentamente la vista, debido al terrible dolor de sus cervicales, hacia la bombilla de la lámpara, en ese mismo se percató de que estaba mareado y veía temblar la luz que emitía vagamente, la cual aun era más oscura que antes, lanzó una voz en alto -.¡¿Qué narices pasa?!-.
Bajó la mirada y según la bajaba se terminó por disipar del todo la luz de la habitación. Según intenta incorporarse notó que no podía levantarse de ninguna manera y allí atrapado a oscuras donde reinaba la tranquilidad por la temprana hora del día, comenzó de nuevo el estruendo.
De nuevo y con más fuerza podía oír el ruido anterior, angustiado por no poder levantarse, la presión en sus cervicales era aun más grave. Calló hacia adelante sobre el parqué de una manera frágil e inútil, lentamente se desmallaba sin saber porqué.
-.¡¡¡ despierta ¡!!.- gritaba una voz cochambrosa en su oído, que no creía haber oído nunca
-. ¡Despierta maldita sea!-.
Alex no conseguía abrir los ojos, notaba una luz intensa tras sus párpados pero las fuerzas no le llegaban para mover siquiera una parte de su rostro. Intentaba desde su interior con todas sus fuerzas poder extender los brazos para al menos tocar al ser que sentía cerca y que no dejaba de gritar sofocado como un niño aturdido y con miedo, que ni la voz de un niño trataba ni la voz de un adulto, incluso parecía más bien una voz de género confuso.